domingo, 25 de abril de 2010

LA BICICLETA


El hombre me condujo emocionado a la pieza de su anciana madre. La habitación era vasta y casi vacía. Y desnudos sus cuatro muros, blanqueados con cal. Una sola ventana la iluminaba. En lo alto de la pared, pequeña, con un solo postigo entreabierto y pintado de verde, proyectaba sobre el piso color naranja una cruda mancha de luz. La silueta de una camilla de hierro con evidentes signos de cansancio se recortaba como un esqueleto sobre una de las paredes de la habitación. Desde este marco, dos pequeños ojos negros sumergidos en un puñado de arrugas me observaban intensamente. Era la viejecita. Su rostro se hundía en el hueco de la almohada. El resto de su cuerpo se adivinaba apenas bajo una sábana inmaculada y entre los resplandecientes colores de una manta regional. Los pequeños ojitos se fijaban en mí con tan penetrante desconfianza que ni mis mejores sonrisas ni mis palabras más afectuosas lograban quebrar. De una viga del techo, justo sobre la cabeza de la viejecita, colgaba una bicicleta. Era el único “mobiliario” de la habitación, además de la cama de hierro. Me parecía estar dentro de un cuadro de Salvador Dalí.

Mientras tanto trataba de tranquilizar a la buena abuelita diciéndole que yo era el “padrecito” que el Buen Dios le enviaba para invitarla a una gran fiesta exclusivamente preparada para ella, al otro lado de la montaña. Esto era más o menos lo que le decía: “¿Sabes abuelita, allí siempre se está bien, todo es agradable. No más enfermedad, no más penas, no más lágrimas, no más muerte. Allí no se pone nunca el sol y tampoco quema. Todo es placentero de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Es allí donde vive el Buen Dios. Tú lo sabes. Él es al mismo tiempo padre tierno y madre dulce. Es el Gran Dios y es Pachamama. Es Sol y Flor. Es Danza y Canción. En ese lugar hay grandes cantidades de vicuñas, llamas, cabritas y gordas ovejas. Arroyos de agua clara riegan praderas que son grandes como el mar, de un verde luminoso y siempre sembradas de flores. Allí crecen árboles inmensos y plantas cuyos frutos producen “agua a la boca” y se comen todos los días los manjares más exquisitos. Además allí todos se aman y la felicidad desborda por todas partes. Se cantan coplas extremadamente divertidas y se bebe una chicha fabulosa que, sin emborrachar, mantiene el corazón siempre de fiesta.”

Con las cejas más fruncidas aún, sus dos ojitos me miraban con acrecentada desconfianza. Había fracasado totalmente. La abuela no se dejaba convencer. Desistí entonces y permanecí un buen rato silencioso. Finalmente le dirigí estas palabras. “Perdóname abuelita. Me miras con desconfianza porque ya no estás aquí. Has llegado ya al país del que te hablo. Pero lo que tú estás viendo allí no es como lo que yo te cuento: estás descubriendo que es infinitamente mucho más bello… Mi pobre lenguaje humano no significa nada para ti. Tú estás viviendo ya junto a los pájaros del cielo y tu corazón escucha músicas que nadie puede imaginar de este lado. Ahí está tu bicicleta, abuelita. Te está esperando. Inicia tu vuelo. ¡Buen viaje, y que el gran Dios te lleve con su bendición! Allí arriba ruega, abuela, por nosotros. Pídele a Dios que nos enseñe a ser menos malos y un poco más cuerdos”.

Con estas palabras, me retiré. La nuera me acompañó hasta la puerta. Lloraba. Le dije: “No has dejado de llorar un instante, ¿Querías mucho a tu suegra?” “Oh, sí”, me respondió, “me ha amado más que mi propia madre, que era muy buena también.”

Esa misma noche, la buena abuelita partió sin hacer ruido, montada en su bicicleta.

lunes, 29 de marzo de 2010

LA RANITA Y LA TORTUGA VIEJA




Hace 2300 años, Zhuang Zi, un sabio famoso de la China, comparaba el espíritu de su tiempo al de una pequeña rana que no salía nunca de su pozo y se creía la reina del universo. Cuenta que un día, una vieja tortuga que remonta del mar, llega a pasar por allí. Se acerca y avanza la nariz sobre la boca del pozo para ver lo que hay dentro. Alcanza divisar a la pequeña rana que se divierte como loquita en el fondo del pozo como si aquello fuera el paraíso de todas las delicias. Al percatarse de la presencia de la tortuga que la está observando, la ranita se infla de satisfacción y se larga en inagotables elogios sobre las hermosuras de su pozo, convencida de que de toda su vida la viajera no ha visto cosa tan perfecta. La tortuga escucha este discurso con profundo interés. Pero cuando puede finalmente tomar la palabra, cree complacer a la ranita cantándole a su vez las maravillas del mar. Le describe entonces la profundidad, la fuerza y la majestuosa belleza del inmenso mar. Pero la pequeña rana, lejos de alegrarse de lo que oye, se siente, al contrario, profundamente chocada. Cada palabra que cae de los labios de la tortuga le parece una ofensa a la verdad y una verdadera declaración de guerra. Sobrepasa ampliamente todo lo que la ranita puede soportar. ¿Cómo esta malévola tortuga se atreve a afirmar que existe algo interesante fuera de su pozo? La ranita casi se muere de rabia.

La China de antes se parecía mucho a la ranita. Estaba convencida de que el mundo entero comenzaba al Norte con la Gran Muralla, y terminaba al Sur con la isla de Hainan. Estimaba que todos los que no eran chinos eran bárbaros o demonios. (Por supuesto, también la vieja Europa, y más luego América, pensaron lo mismo de la China y del resto del planeta..., pero vamos). En la actualidad, China ha comenzado a cambiar de parecer. Su visión del mundo (y también la de Occidente respecto a la China y al mundo) se ha ampliado considerablemente. Pese a ello, de un lado como del otro, sigue habiendo demasiada gente que mira al mundo a la manera de la ranita, como si, más allá del pozo, del charco, del barrio, de la parroquia, de la capital, del país, de la cultura o de la religión de uno, no hubiese nada que valiera realmente la pena. Hay un montón de gente que no ve más allá de la punta de su nariz o de su ombligo. Hay gente que, porque no ve al mar, no cree en el mar.

Ésta es una gran desdicha nuestra: no creer sino en lo que nuestros ojos ven. Como este pequeño pescado que, un día, pide a un gran pescado dónde está el mar.

- Mi niño, ya estás en el mar, responde el pescado grande.



El pescadito estaba inmerso en el mar, vivía en él, y no lo veía.

En Occidente y en la China hay aún mucha gente que cree en una realidad que sobrepasa lo que los ojos pueden ver. Los hay, por ejemplo, que creen en Dios, pero a menudo son burlados. Los hay también que, a veces, son crucificados por creer que el Dios verdadero es identificado con los pobres y la justicia, y que ese Dios quiere la libertad, no sólo para los que tienen plata y armas, sino para todas y todos hasta el más pequeño de los seres humanos.